15 de diciembre de 2016

50 años de la muerte de Walt Disney

Por Claudia Lorenzo

Todos somos un poco Disney. O lo fuimos. Walt Disney creó un imperio, un mundo de fantasía, una fábrica de sueños y dicha creación le granjeó amigos y enemigos. Los genios, por lo general, no tienden a ser señores afables y bonachones, pero Disney, a pesar de no parecerse como un calco a los protagonistas de sus películas, cosa que siempre le echaron en cara sus detractores, tuvo mucho que ver en las ilusiones de los niños del siglo XX. Y aunque, como bien sabe Billy Wilder, nadie es perfecto, durante muchos años, nuestra imaginación los vivió así. Pero, ¿qué secretos guarda Walt Disney?
Walt Disney no está congelado, como cuentan los corrillos reales y virtuales. No lo está, pero es una broma (y un cliché) muy socorrida. Está enterrado en el Cementerio de Forest Lawn de Los Ángeles, donde se puede visitar su tumba. La leyenda urbana, siempre rápida y audaz, dice que poco antes de morir de cáncer de pulmón fue criogenizado para preservar su cuerpo hasta que la ciencia pudiese curarle. El origen del rumor puede venir de la intimidad que hubo en su funeral, paradójica para una leyenda tan grande. Pero no es más que eso, una leyenda. ¿No?
Una de las mejores escuelas interdisciplinarias de arte de Estados Unidos, California Institute of the Arts, fue creada en 1961 y se convirtió en la primera institución que ofrecía estudios superiores para estudiantes de las artes visuales e interpretación. Fue una unión entre dos instituciones que, en aquellos momentos, pasaban por problemas financieros, Chouinard Art Institute y Los Angeles Conservatory of Music. Disney había conocido a la dueña de la primera, de donde habían salido muchos de sus animadores, y la tenía en alta estima, así que coordinó la unión de ambas. Hoy en día se dice que Pixar University está inspirada en CalArts.
Una de cal (arts) y una de arena (perdón por la broma). Walt Disney sufrió una huelga de animadores en 1941 y se cogió el cabreo del siglo, culpando a comunistas a diestro y siniestro. No era demostradamente racista, pero sí anticomunista. Declaró ante el Comité de Actividades Antiestadounidenses y fue uno de los fundadores de la Alianza de las Películas para la Preservación de los Ideales Americanos, para mantener el ‘American Way of Life’. También fue joven miembro de la Orden DeMolay que, aunque independiente, inspirada en la masonería.
A todos nos hubiese gustado que Walt Disney, el tío Walt, que con sus más y sus menos se empeñó en mostrarnos un mundo amable, compasivo y divertido, un final feliz y un infinito de cuento, se pareciese a Tom Hanks. Es más, si ahora mismo nos dijesen que Walt Disney es Tom Hanks, ese puro talento bonachón, afirmaríamos con la cabeza. Pero no es así, la historia de cómo P.J. Travers, creadora original de Mary Poppins, y Walt Disney acordaron adaptar las novelas y llevarlas al cine está tremendamente edulcorada. Eso sí, nadie nos negará que es un placer ver a Hanks y Emma Thompson mano a mano.
Si el retrato de Disney en la anterior película era demasiado benévolo, el de la ópera de Phillip Glass, ‘The Perfect American’, basada en la novela de Peter Stephan Jungk, ‘Der König von Amerika’, era todo lo contrario. Le presentaba como un megalómano y legendario magnate del mundo del cine, como un creativo, pero también como un racista, misógino, nazi y antisemita. Todo piropos. La ópera fue una coproducción entre el Teatro Real madrileño y la English National Opera. Para Glass, la historia, que tiene lugar en los últimos tres meses de vida del autor, es un viaje poético y trágico. Para Disney y sus herederos, no lo tenemos tan claro.
Dicen que Mickey Mouse fue obra de tío Walt, pero fue una creación compartida entre Disney y Ub Iwerks, su compañero y mejor amigo, quien lo diseñó. El cuerpo de uno y el alma de otro. Iwerks, prolífico y artista, se mantuvo durante años leal a Disney hasta que protestó por el poco reconocimiento que recibían sus dibujos en favor de su colega, que se llevaba todo el crédito. Se emancipó y comenzó a trabajar para la competencia pero, años después, volvió al mundo Disney no sólo a dibujar sino también a investigar. No fue el único animador que acusó a Disney de acaparador.
Figura controvertida donde las haya, Disney tenía una cosa clara: lo importante no eran los críticos ni los académicos. Lo importante era el público. Y el dinero que le daba el público, como él decía, servía para hacer más películas que hiciesen al público feliz. Su prioridad no eran las moralinas al final de sus películas, sino la historia. “Prefiero entretener y esperar que la gente aprenda algo, que enseñar y esperar que la gente se entretenga”, dijo. Y, qué demonios, nos ha entretenido (y hecho felices) durante décadas.
Artículo escrito por losExtras.es