Bud Spencer, Terence hill, y la revolución del spaghetti western

Por Alex Merino Espiazu

"He perdido a mi mejor amigo". Hace apenas un año de estas palabras, pronunciadas con voz entrecortada por Terence Hill en algún lugar de Almería. Su mejor amigo no era otro que su compinche artístico, su hermano de mamporros, su cómplice en 19 películas: Bud Spencer. El Gigante Bueno nos dejó el 27 de junio de 2016, cuando exhaló su último aliento en una cama de hospital en Roma, rodeado de su familia, y hasta en sus últimas palabras quiso demostrar lo que sus seguidores ya conocían: que bajo su ruda apariencia se escondía un corazón inmenso. Dijo: "Gracias". Después abandonó la vida, pero su recuerdo no nos abandona.

Bud Spencer no se llamaba así. Fuera de las pantallas, Spencer respondía al nombre de Carlo Pedersoli, que fue como su madre lo bautizó en Nápoles en 1929. Lo de Bud Spencer vino después, cuando despegó su carrera cinematográfica y, en busca de un nombre artístico con mayor proyección internacional, no se lo pensó dos veces: el actor Spencer Tracy y la cerveza Budweiser eran dos de sus cosas favoritas del mundo. Bud Spencer. A veces, lo más simple resulta ser también lo más efectivo.
Lo que muchos desconocen es que antes que actor, cuando Bud aún era Carlo, fue un impecable nadador. Campeón de Italia en los 100 metros lisos a lo largo de 7 años consecutivos (de 1949 a 1956), doble medallista de plata en los Juegos Mediterráneos de 1951 y oro en los de 1955, e integrante del equipo Olímpico en Helsinki (1952), Melbourne (1956) y Roma (1960). Con semejante palmarés deportivo, Pedersoli conquistó cierta fama en su país, pero el reconocimiento y el cariño internacional le llegarían después, cuando el cine le dio la oportunidad de revelar al mundo que bajo sus 1.94m de estatura y 120kg de peso había talento, comicidad y una infinita ternura.

Su debut actoral llegó con Quo Vadis (1950), en el papel de guardia del Imperio Romano. No pronunciaba una sola palabra y su aparición sería meramente anecdótica de no ser porque la experiencia sembró en él el germen de la interpretación que ya sería imposible extinguir. En 1967 trabajó por primera vez con quien sería su inseparable amigo y confidente: Terence Hill, cuyo verdadero nombre era Mario Girotti. A diferencia de Spencer, el origen del nombre de Terence Hill es incierto: algunos sostienen que lo escogió en homenaje a su madre, Hildegard Thieme, para hacer coincidir, aunque a la inversa, las iniciales; otros apuntan a que se trata de un guiño a su admirado comediógrafo italiano Publio Terencio Afro.

La primera colaboración entre Spencer y Hill tuvo lugar en Tú perdonas... yo no. Fue un éxito moderado pero suficiente para que la pareja artística pudiera seguir sacando proyectos adelante, y cuatro años después, en 1971, pusieron el género del spaghetti western (nombre aplicable a todos los westerns de producción europea) patas arriba con el arrollador impacto que causó Le llamaban Trinidad (1970). El público de todo el mundo se quedó prendado del puñetazo vertical de Spencer, contundente y cómico, y la pillería de Hill, y su éxito rápidamente demandó secuelas y nuevas historias. Se inauguraba una nueva visión del género, que llenó de mamporros el lejano oeste. Y así, la pareja aprovechó el tirón con éxitos como Y si no, nos enfadamos (1974) o Dos súper policías (1977), que trasladaban su mágica fórmula a nuevos escenarios. 17 títulos en compañía que son ya parte de nuestra cultura popular.

Considerados iconos de un subgénero no demasiado apreciado por los académicos, los premios por sus interpretaciones brillaron por su ausencia, pero la Academia de Cine Italiana enmendó tamaño error en 2010 con un premio David de Donatello honorífico que rendía homenaje a la carrera de dos actores que jamás traicionaron su estilo propio y deleitaron al público con su cine a lo largo de casi 30 años.
Uno tiende a pensar que tras tres décadas compartiendo plató, entre Spencer y Hill debió surgir, como sucede a menudo, una rivalidad, un choque de egos. Les sucedió a Ginger Rogers y Fred Astair, a Paul Simon y Art Garfunkel, y hasta a C3-PO y R2-D2 (Kenny Baker, quien interpretaba a R2-D2, llegó a afirmar que Anthony Daniels, voz de C3-PO era "la persona más mal educada que he conocido en la vida"). Pero entre los italianos jamás hubo disputas, o al menos no lo suficientemente sonadas como para que tengamos constancia de ellas. Toda su vida hicieron gala de una amistad inquebrantable. Eran inseparables, casi como hermanos.

"He perdido a mi mejor amigo", dijo Terence Hill cuando recibió la noticia de la muerte de su compañero dentro y fuera de la pantalla. Hacía veinte años que no trabajaban juntos, tiempo en el que Bud Spencer se sacó el título de entrenador de waterpolo y hasta probó suerte en la política de la mano del partido de Berlusconi. Pero, como dice la canción, veinte años no es nada. Hay cosas que sobreviven al tiempo. La amistad es una de ellas. La memoria de Carlo Pedersoli es otra.  Qué mejor momento, en el aniversario de su muerte, para repasar la filmografía de estos dos actores, estos dos gamberros, estos maravillosos ejemplos de amistad, y disfrutar sin complejos de un cine de alegría contagiosa. ¿Y vosotros, cuál es vuestra cinta favorita del dúo italiano?
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