'Dirty Dancing': Mucho más que baile

Por Jorge Bastante

Considerada un clásico para algunos y un 'guilty pleasure' para muchos otros, el éxito de 'Dirty Dancing' y su repercusión a día de hoy es incuestionable. De hecho, la burbuja nostálgica en la que la vive la cultura actual ha propiciado una adaptación televisiva en Estados Unidos y un musical en Madrid, lo cual no hace más que constatar su importancia en la memoria colectiva. Sin embargo, lo que muy pocos saben es que esta película tuvo serios problemas para salir adelante, especialmente por la cantidad de mensajes que lanza tras esa aparente historia de amor pastelosa entre una joven rica y un profesor de baile.
Si Eleanor Bergstein tuvo problemas para vender el guion de ‘Dirty Dancing’ en Hollywood no fue por su erotismo ligero, sino por tratar otros temas que a día de hoy siguen estando envueltos de polémicas. Solo una pequeña productora apostó por ella con la intención de ganar dinero fácil. Pero lo que nadie esperaba, además de su recaudación en taquilla, fue que aquellos mensajes de liberación fuesen aceptados por los espectadores de manera casi inconsciente.
A lo largo de toda la película no solo se demuestra que la masculinidad no está reñida con el baile o con la expresión de sentimientos. Patrick Swayze, como también ocurrió con John Travolta en 'Grease' o en 'Fiebre del sábado noche', se convirtió en un mito erótico gracias a sus movimientos de cadera y a una conexión emocional, que no protectora, hacia su compañera femenina. Y es precisamente este alegato en defensa a las libertades y necesidades de la mujer lo que convierte a 'Dirty Dancing' en una cinta mucho más compleja de lo que puede parecer a simple vista.
En una época en la que el presidente Reagan recortaba presupuestos relacionados con la educación sexual y los anticonceptivos, una película considerada adolescente sirvió como contrapartida a esta represión encubierta. Frances Houseman, la protagonista, no solo lucha contra la diferencia de clases sociales en ese hotel de verano donde se hospeda con su familia, sino también a favor de su propia libertad. Su despertar sexual y sus deseos carnales no están reñidos en ningún momento con su valía como persona. No se la trata despectivamente ni se la castiga por su actitud, sino todo lo contrario. Toda la sensualidad de la película está mostrada desde su punto de vista. La mujer deja de ser objeto para ser sujeto, algo que a día de hoy todavía cuesta ver en muchas filmes adultos y que es casi imposible encontrar en cintas juveniles.
Además de liberar a las mujeres, ‘Dirty Dancing’ también quiso reconocerles sus derechos. Y es que aunque gran parte del público recuerde la mítica escena de baile donde Patrick Swayze levantaba a Jennifer Grey, en la película también hubo un aborto. Penny, la compañera de baile de Johnny, está embarazada. Es el punto de partida de la película y el desencadenante de toda la trama. Es un embarazo no deseado, reconocido en voz alta por el personaje y que jamás es cuestionado moralmente a lo largo de toda la película. Es un tema tabú mostrado sin tapujos en una película generalista de los 80 ambientada en los 60. Una reivindicación silenciosa y normalizada que treinta años después todavía sigue siendo necesaria en la mayoría de sectores de nuestra sociedad.
En definitiva, Eleanor Bergstein fue muy audaz al esconder mensajes totalmente necesarios en defensa de la mujer dentro de una película que la crítica tildó de innecesaria y vacía. Quizás no supieron ver más allá o quizás por eso se esforzaron en enterrarla. En todo caso, la película arrasó y trascendió, portando alegatos que las grandes productoras de Hollywood todavía tienen cierto reparo en mostrar en la gran pantalla y que hacen de ‘Dirty Dancing’ un clásico todavía más apreciado e imprescindible de lo que parece.
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