El cine quinqui, el tesoro escondido del cine español

Por María Pérez

El bar Lago de Sanabria del Pueblo de Vallecas donde se rodaron algunas escenas de ‘DEPRISA DEPRISA’ ha sido sustituido por un dispensario de kebab; las chabolas en las que vivían o pillaban jaco muchos de los protagonistas de este género de películas ahora son pisos de protección oficial; y los Chunguitos y sobre todo los Chichos, que ponían la banda sonora a los puentes de los Seat 124 y las huidas de la pasma, ahora son viejas glorias que pasean sus canas por algunos platós de televisión. Pero durante una época fueron parte del escenario de películas de ese género que se vino a llamar 'quinqui', que narraba las aventuras de los delincuentes juveniles en la primera década de la democracia, una época marcada por la llegada de la droga a las barriadas marginales de las grandes ciudades, sobre todo Madrid y Barcelona.

A‘EL LUTE: CAMINA O REVIENTA’ y ‘EL LUTE II: MAÑANA SERÉ LIBRE’, son películas que quizá pertenecen a la versión más 'mainstream' del cine quinqui pero que tiene uno de los ingredientes principales: el héroe de barrio. En el caso de ‘EL LUTE’ Imanol Arias, ya un actor muy conocido en el año en que se estrenó, interpretaba al personaje real de Eleuterio Sánchez, que entró por primera vez en prisión por robar tres gallinas y salió por última vez de la trena con un título de abogado bajo el brazo. Pero no todos los protagonistas de las películas de este género son ejemplos de superación como El Lute. De hecho, una gran parte de los actores eran delincuentes en la vida real, a los que los directores escogían para dar ese grado de espontaneidad y verosimilitud que en el cine español no ha tenido igual.

El más famoso de todos ellos fue El Torete, un joven delincuente barcelonés al que José Antonio de la Loma eligió para interpretar a El Vaquilla en una de las obras cumbres del género, ‘PERROS CALLEJEROS’. El Torete actuó en cuatro películas, la tercera de las cuales, ‘LOS ÚLTIMOS GOLPES DEL TORETE’ estaba inspirada en sus propios hechos delictivos. En la vida real fue detenido en varias ocasiones por trapicheo de drogas y murió a los 31 de sida, probablemente contraído por el intercambio de jeringuillas con otros drogatas.

Casos parecidos fueron el de Jose Luis Manzano, que debutó en el cine con ‘NAVAJEROS’, dirigida por Eloy de la Iglesia, al que había conocido tres años antes. Éste le hizo protagonista de otras dos de las películas importantes del género, ‘EL PICO’ y ‘COLEGAS’. La carrera de Manzano acabó con ‘LA ESTANQUERA DE VALLECAS’ en 1987, y 5 años después su vida, en el piso del director que le descubrió y protegió, por una sobredosis. Su propia biografía, al igual que la de El Torete, El Pirri (otro de los protegidos de Eloy de la Iglesia, que llegó a participar en 15 películas), El Mini y El Vaquilla mismo, no distaba nada a la de los personajes que encarnaban en pantalla. Para ellos no era interpretación, sino una prolongación de su vida.

El barcelonés José Antonio de la Loma se considera uno de los padres del género. Tras hacer algún 'spaguetti western', su cine viró hacia la crítica social, centrada en la vida y la muerte de estos delincuentes juveniles de baja extracción social. Además de las mencionadas, De la Loma dirigió ‘YO, EL VAQUILLA’, ‘PERRAS CALLEJERAS’ y ‘TRES DÍAS DE LIBERTAD’, de 1995, y una de las últimas del género. La otra paternidad del género corresponde al vasco Eloy de la Iglesia, de obra mucho más extensa y compleja, pero en la que se encuentran obras cumbre del cine quinqui como ‘NAVAJEROS’, ‘EL PICO’, ‘COLEGAS’ y ‘LA ESTANQUERA DE VALLECAS’.

Pero hubo muchos directores de la época que quisieron adscribirse al género, como Pedro Olea con ‘LA CÓREA’, Manuel Gutiérrez Aragón con ‘MARAVILLAS’ o Carlos Saura con ‘DEPRISA DEPRISA’. A pesar de su restricción y su breve vida, la importancia y la influencia del género se extiende hasta nuestros días en el cine español, en películas como ‘VOLANDO VOY’ de Miguel Albaladejo, o ‘7 VÍRGENES’, de Alberto Rodríguez y Santiago Amodeo. Pero sobre todo, esas películas han quedado como testimonio casi documental de una época periclitada y nos recuerdan que la marginalidad está mucho más cerca de lo que queremos aceptar.

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