17 de junio de 2016

El Hindenburg, el Titanic del aire que sucumbió a las llamas

Por M.J. Arias

La expectación era máxima. Más aún cuando el capitán del Hindenburg, Max Pruss, decidió realizar un vuelo de exhibición espontáneo sobre la isla de Manhattan para asombro y regocijo de los neoyorquinos. Fue su forma de hacer tiempo hasta que amainará la tormenta eléctrica que les impedía tomar tierra en Nueva Jersey como estaba previsto. Después de este paseo y con varias horas de retraso sobre el horario previsto, una de las aeronaves más grandes jamás fabricadas (superaba en tamaño a tres Boing 747), se disponía a tomar tierra. Lo hacía rozando las siete y media de la tarde y en medio de las llamas. 

Se desconoce el origen de la chispa que acabó con el coloso del aire, pero su propagación fue tan rápida que en cuestión de segundos, menos de 40 relatan las crónicas de la época, su estructura se vino abajo. En su interior, 97 personas a bordo entre pasaje y tripulación. Fallecieron 36 de ellas. La mayoría por quemaduras, pero algunos también por verse sepultados por la estructura del Hindenburg. La tragedia, radiada por Herbert Morrison, provocó tal revuelo mediático que durante días, semanas, no se hablaba de otra cosa. Las posibles causas, los momentos previos a la tragedia, los pasajeros…
Aquel dirigible alemán, aquel coloso del aire, sucumbió a las llamas con tanta rapidez que casi no dio tiempo a reaccionar. Sobre la causa del incendio existen varias teorías, pero lo que sí parece seguro es que el hecho de que se usase hidrógeno en lugar de helio –un problema de suministro lo impidió– no ayudó. Ni eso, ni el revestimiento de la nave, altamente inflamable y que habría colaborado a la rápida propagación de las llamas.

Bautizado Hindenburg en honor al presidente alemán del mismo nombre fallecido un año antes de su construcción, este zeppelin para la historia comenzó a ser construido en 1935 realizando su vuelo inaugural el 4 de marzo de 1936 con capacidad (tras una ampliación) para 72 pasajeros y 61 miembros de la tripulación y una velocidad máxima de 135 kilómetros por hora.
Aquel 6 de mayo murieron 36 personas y con ellas los dirigibles. La inmensidad y la espectacularidad del desastre, el revuelo mediático y social y la duda razonable que sembró el accidente en la seguridad de estas aeronaves como medio de transporte condenaron a la historia a estas espectaculares naves. Con 17 viajes sobrevolando el Atlántico, el Hindenburg pasó a la posteridad como lo hizo el Titanic, tragedia mediante. A uno lo hundió el hielo. A otro, el fuego. Cine y televisión han recordado su historia infinidad de veces.