2 de marzo de 2016

Janis: ¿La primera dama del rock o la última «blueswoman»?

Por Ismael Molero

 «Después de su muerte en 1970, 'Me and Bobby McGee' y 'Pearl' eran número uno de las listas de sencillos y de álbumes, un epitafio irónico y enigmático para la cantante blanca de blues de más éxito de su época». (Gillett, 2008, p.404).
Cuentan que a raíz de la muerte de Jimi Hendrix, Janis Joplin había bromeado en alguna ocasión sobre su propio final: «Me pregunto si yo muriera… ¿qué pasaría? ¿Hablarían de mí tanto como de Jimi? ¡No es un mal truco para hacerse publicidad!». Sin embargo, no parece que tuviera pensado seguir sus pasos: «Disminuye mis posibilidades. Dos estrellas de rock no se pueden morir en el mismo año» razonaba en tono jocoso. ¿Era este humor negro una manifestación más del carácter dual de Joplin, capaz de mostrarse segura e insegura al mismo tiempo?
Es indudable que tras su fallecimiento, su leyenda y su figura se acrecentaron. El «negocio de la muerte» siguió girando, y mucha gente ganó mucho dinero a costa de una historia más bien trágica. Pero hoy, el «sfumato» del mito ha difuminado los contornos de la realidad, y acercándonos al cincuenta aniversario de aquel solitario desenlace en el Landmark Motor Hotel de Hollywood seguimos preguntándonos quién era Janis Joplin. Y es que lo que sabemos de Janis se limita a una lista de clichés y estereotipos propios de la historiografía del rock. Conocemos sus excesos: el de su talento y el de su afición a los psicotrópicos y al «confort sureño».

¿Cambiará nuestra idea preconcebida tras ver 'Janis: Little Girl Blue', el documental dirigido por Amy Berg sobre la perla blanca del blues? Sí y no. Una respuesta ambigua, como su protagonista. Frágil, delicada, emocionalmente inestable, y una llamarada de abrasadora vida sobre el escenario. Nunca hubo más verdad en una voz, y todos sabemos que la verdad, en más ocasiones de las que nos gustaría reconocer, puede ser una bebida muy amarga capaz de nublar nuestro juicio, y disminuir nuestra percepción del peligro. Se puede decir que, en cierto modo, Janis cantaba embriagada de verdad. Habitaba en un exceso de la misma, con la sensación de riesgo mermada, cuando no completamente anulada, inhibida. Quizá ese fuera el principal defecto y la mayor virtud de la gran dama del kozmic blues: que sólo supo ser ella misma, incluso cuando la mayor parte del tiempo, ni ella misma sabía quién era.
A través de entrevistas con amigos de la infancia y adolescencia de la artista, los testimonios de sus hermanos pequeños, compañeros de la escena musical de San Francisco, y su propia correspondencia personal (en su mayor parte inédita hasta este film), la directora nominada al Oscar, Amy Berg («Líbranos del mal», «West of Memphis»), construye un relato revelador sobre los primeros años de Janis Joplin, claves para tratar de comprender quién era.

Es quizá esta primera parte del documental la que puede ofrecer una cara menos conocida de la cantante, que se nos presenta como un negativo, como la versión caricaturizada, deformada de la Prom Queen –la reina del baile del instituto-. Port Arthur, una pequeña ciudad de la conservadora Texas dedicada a las prospecciones petrolíferas, no parece el mejor lugar para crecer siendo diferente. Era el sur de los años cincuenta, el sur de la segregación racial, de la intransigencia. «La América profunda». Si era duro ser negro, más lo era ser mujer y cantar blues. Janis «sonaba negra» y se sentía negra. Sus compañeros de instituto se encargarían de hacerle pagar su individualidad.
Sus años universitarios no fueron mejores, y pese a su carácter extrovertido y espontáneo, que la llevaba a convertirse en «uno de los chicos» en cualquier banda con la que tocara, seguía sin encajar en el canon de belleza establecido. Este complejo no mejoraría, cuando una fraternidad de la Universidad de Texas la votó «hombre más feo del campus».
Janis Joplin fue el resultado del rechazo sufrido en sus años formativos, en los que comenzaría a desarrollar una necesidad constante de aprobación que ya no le abandonaría durante el resto de su vida.

Una necesidad casi patológica de agradar, de no defraudar a los demás –especialmente a sus padres- que la propia Amy Berg define como «la niña dentro de ella», siempre en conflicto con su ambición por triunfar. Precisamente, es en esta dicotomía emocional, en esa realidad múltiple que era la mente de Janis, donde Amy Berg nos ofrece uno de los principales aciertos del documental: la narración íntima y emocionalmente cercana que la cantante sureña Cat Powers hace de la cartas que, durante años, Janis Joplin envió a sus padres.
Sin embargo, los momentos más reveladores del film, aquellos que de verdad logran que nos sintamos conectados con la blueswoman texana, serán en los que aparezca subida a un escenario, su hábitat natural. Bajo los focos, ya fuera en MontereyWoodstock o Londres, la perla podía mostrarse fuerte y vulnerable al mismo tiempo. Esa era Janis Joplin. La estrella de rock capaz de desnudar su alma mientras interpreta «Cry Baby», compartiendo sus sentimientos acerca de su ruptura con David Niehaus con miles de personas, como una confidencia que se hace a solas en una habitación a altas horas de la madrugada a un amigo cercano. Al margen de las connotaciones sexuales, esto es sin duda a lo que Joplin se refería cuando pronunció su famosa frase:«Sobre el escenario hago el amor con veinticinco mil personas».
Es cierto que en ocasiones podemos echar de menos más momentos como este, en el que toda la verdad de Janis emerge a borbotones a la superficie. Momentos como el que vive en la reunión del décimo aniversario de su promoción del instituto, a la que acude como todo un icono de su tiempo y en la que, sin embargo, lejos de reafirmarse, toda su ansiedad, inseguridad y necesidad de aprobación afloran, dejando salir a la luz una vez más a esa pequeña niña triste de Port Arthur.
También se habrían agradecido más cortes inéditos como el aportado por el legendario director D.A. Pennebaker (responsable de títulos como el 'Don't Look Back' sobre Bob Dylan o involucrado en el 'Cracked Actor' acerca de David Bowie, crudos testimonios de lo que era vivir al filo de la fama y el exceso en los tiempos salvajes del rock), en el que podemos palpar algo de la tensión reinante en el estudio, cuando «Summertime» se convierte en motivo de disputa con el resto del grupo. Igualmente, el trabajo de Berg adolece de cierta falta de profundidad, aunque con ciento siete minutos de metraje, no podemos esperar un relato tan pormenorizado como el que, por ejemplo, realiza el aclamado director de documentales Alex Gibney, productor de esta cinta, de la figura de Sinatra en su reciente 'Sinatra: All or Nothing at All' (también de Jigsaw Productions), de cuatro horas de duración.

Documental o tributo, en definitiva puede que 'Janis: Little Girl Blue' no aporte nada de nuevo al género, pero sin duda se trata de un impecable ejercicio de estilo  en el que Amy Berg  nos presenta el lado oscuro del sueño americano; un relato sobre una sociedad que nos presiona tanto, que resulta imposible vivir en ella, y en el que las drogas pueden presentarse como una engañosa protección.
Artículo escrito por Lachozadelrock.com
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