8 de febrero de 2017

John Williams: esta música me suena

Por Claudia Lorenzo

Hay figuras que son tan conocidas que alabar su genialidad parece sumarnos a las hordas de seres humanos que, aborregados, pueblan el imaginario de las peores distopías. Decir que John Williams es una leyenda es enfrentarse a la obviedad más absoluta, y no hay nada que lo deje más claro que los conciertos que el propio Williams ofrece todos los veranos en el Hollywood Bowl de Los Ángeles, en los que repasa sus propias composiciones, o los homenajes que se realizan por todo el mundo, incluyendo el que tiene lugar en Navidad en el muy castizo Teatro Real madrileño. En ellos, las piezas a interpretar no se agotan y los temas legendarios, tampoco. Tiene cinco Óscar, cincuenta nominaciones y tantos créditos que merece la pena echarles un ojo y poner CD tras CD (o lista de reproducción tras lista de reproducción). Aquí una selección para celebrar su 85 cumpleaños:
Hay cosas en la vida que nos dejan dudando toda nuestra existencia y otras que, como la Ley de la gravedad, son ciertas y no se hable más. Entre las “no se hable más” de las bandas sonoras cinematográficas está el hecho de escuchar este tema y, casi literalmente, vencer la ley anteriormente mencionada. Nada dice “niño en bicicleta volando frente a la Luna con un extraterrestre en la cesta” como este tema de John Williams que no sólo nos eleva del suelo, sino que nos hace soñar, soñar como nunca antes habíamos soñado en el cine. Y creer que todo es posible.
Una de las realidades de nuestra generación es que todos hemos ido en masa a ver ‘Jurassic World’ y todos, absolutamente todos, hemos tarareado este tema de ‘Parque Jurásico’ sentados en la butaca mientras los nuevos protagonistas llegaban a la isla. Porque a eso íbamos, a escuchar esto, a ver si Jeff Goldblum se acababa asomando por una esquina y soltaba un chascarrillo y a que Williams nos convenciese una vez más, con esta sintonía (aunque no fuese el responsable de la banda sonora), de que no es tan malo el velocirraptor como lo pintan.
Y aquí veis las letritas que se mueven horizontalmente perdiéndose en el infinito, con una tipografía que nunca se os ocurriría utilizar en Word. ¿A que sí? Que si la Rebelión, que si los planos de la Estrella de la Muerte, que si la Princesa… John Williams pasará a la historia por mucho, entre otras cosas por marcar, con diferentes composiciones, las películas infantiles de varias generaciones. Pero, sea uno de la edad que sea, Williams siempre será recordado por esta pieza. Por esta gloriosa orquestación del mayor contraataque jamás preparado en la galaxia. No estuvo nada mal que Spielberg le presentase a George Lucas al amigo que le componía las bandas sonoras. Nada mal. Y que viva el leitmotiv, caray.
Uno de esos tipos que tanto se enfrenta a los nazis como se cabrea con su padre por llamarle ‘Junior’, que es capaz de salir corriendo delante de una roca gigante sin más estrés que el de tener que ser veloz pero que muere de miedo ante una serpiente, que es bravo, listo y valiente pero siempre acaba prendado de la chica como un colegial… todo eso, además de Harrison Ford y River Phoenix, es Indiana Jones. Y para perseguirlo en sus aventuras, saltar con él, montar a caballo con él y dar latigazos con él, John Williams creo un tema en el que, antes de que Indy llegue, los instrumentos anticipan su entrada triunfal. ¡Y qué entrada es ésa! Apetece calarse el sombrero y seguirle a cualquier próxima locura.
Porque todos los niños necesitan un tema de John Williams en su infancia y porque los de ‘Solo en casa’ ya estábamos creciditos, Chris Columbus volvió a llamar a Williams a armas para componer la que, probablemente, es la banda sonora infantil más icónica del siglo XXI (y sé que sólo llevamos 17 años de siglo). El niño mago por excelencia, que de angelito ya no tenía nada, sino que era un luchador, marginado y huérfano, un superviviente milagroso que, esta vez sí, se enfrentaba anualmente a la muerte en su propio colegio, no tuvo el tema que se merecía, exactamente, porque la pieza lleva el nombre de su lechuza. Pero no nos importa, porque así como cada vez que abríamos un libro de J.K. Rowling encontrábamos literatura a prueba de nuestras plegarias, cada vez que sonaba el soniquete original de Williams (no compuso todos los filmes de la saga, ni falta que le hizo) sabíamos que estábamos protegidos. Por Dumbledore y, sobre todo, por Hedwig.
Fueron dos notas. Aparentemente, hasta Spielberg se rio de él cuando le presentó la idea, desestimándola por simple. Y si uno atiende a los arreglos orquestales de otros temas de Williams, es cierto que parece tonta de pura sencillez. Pero lo que Williams ya tenía muy claro era que, en una película, la música está al servicio de la historia, y no al revés. Y la tensión de ver al tiburón suplía la falta de notas, instrumentos y lo que hiciese falta. O, ¿acaso no nos imaginamos todos un peligro inminente (probablemente acuático) al escucharla solos en casa?
No todo en la vida de Williams (aunque sí muchísimo) es Spielberg. También ha volado solo y creado iconos únicos más allá de la fábrica de sueños de su amigo o de las galaxias del otro compañero. Uno de esos iconos es, sin duda alguna, Clark Kent, el original, el de Christopher Reeve (con perdón de los demás). Un hombre que, a pesar de ser un superhéroe, era también un tipo normal, con padres (unos cuantos repartidos por diferentes planetas), una chica a la que gustar y un empleo necesario para pagar el alquiler. Este Superman fue el hombre de acero del siglo XX pero también el héroe bueno, el héroe mágico. La partitura de nuestro amigo John es divertida, entusiasta y alegre a partes iguales. Como siempre lo es la película de Richard Donner en nuestro corazón.
Nada llora como el violín de la banda sonora de ‘La lista de Schindler’, uno de esos filmes que marcaron nuestros 90 y que hoy recibe críticas y alabanzas de todo tipo. La película, una obra inmensa y, a la vez, tremendamente personal de Steven Spielberg, irá, en un sentido completamente diferente a las anteriores, siempre ligada a ese violín que se lamenta al principio del tema principal de su banda sonora por tanta tortura, tanta muerte, tanta maldad y tanta indiferencia. Se piense lo que se piense del relato que nos contó el Midas de Hollywood, la música de Williams sigue poniendo la piel de gallina.
Y en este revival de los 90, no puede faltar una historia icónica y mágica para todos aquellos que crecimos creyendo que la máxima redención en la pantalla grande era la de Rufio, postrándose a los pies de Peter Banning, que ya no era tal, sino Peter Pan, y venía a salvar, una vez más, a los Niños Perdidos de Dustin Hoff… del Capitán Garfio. Las críticas (de ayer y de hoy) dicen que es uno de los traspiés de Spielberg pero, ja, me gustaría a mí ver esas críticas luchando contra aquellas salas de cine de 1991 en las que todos querían, otra vez gracias a Spielberg y Williams, ¡volar! (Bueno, y lanzar cosas pegajosas de colorines en un inmenso banquete con amigos.)
Ni villancicos ni Frank Sinatra, la Navidad suena a este tema que Williams compuso para ‘Solo en casa’, esa película sobre una familia disfuncional que ríete tú de los exBrangelina, que se olvidan de un hijo en casa. La criatura en cuestión, a pesar de tener la cara de angelito de Macaulay Culkin por la época de ‘Mi chica’, cuando a todos nos parecía adorable, es un asesino en serie en potencia, y no duda en defender su casa ante dos ladrones con trucos que, hoy en día, con la mojigatería imperante, darían infartos a más de uno. Pero nada, John Williams te coloca una musiquita dulce, delicada, navideña, familiar, y tú te olvidas de que ese chiquillo está abandonado ante dos malos despiadados que, además, no se rompen. Qué bonito cuando éramos inocentes y teníamos sentido del humor.
Una preferencia personal pero también una rareza en esta lista (y en su lista de trabajos n general), donde no es tan normal verle manos a la obra poniéndole salero a una comedia romántica de las de antes. Porque aunque la ‘Sabrina’ de Sydney Pollack sea un remake de Billy Wilder (y muchos pensaréis “Qué necesidad”), a estas alturas de la película ya es una comedia romántica clásica, de las de “antes”, en las que primaba la elegancia, la inteligencia, la sabiduría y, básicamente, Harrison Ford. La obra de Williams le da ligereza y un toque alegre, romántico e idealista, igual que la actitud ante la vida que tenía la hija del chófer, ésa que consideraba que “París es siempre una buena idea”.