9 de junio de 2016

'La vida es bella' en 10 frases

Por Manu Sueiro

Nunca una película sobre un suceso tan trágico como el Holocausto fue tan vitalista, cómica, humana y emotiva como 'La vida es bella'. Con ese hombre delgaducho llamado Guido (Roberto Benigni), ese niño que sueña con ganar un tanque y esa mujer paciente y luchadora, el director italiano logró arrebatarnos el corazón y obligarnos a ver el filme una y otra vez. Por eso no podemos perder la ocasión de recordar las frases que definen la película y nos hacen querer verla de nuevo:
La tragicomedia definida por sí misma. Hay escenas de 'La vida es bella' felices y también muy duras, pero dotadas de un mensaje impagable que transmite el protagonista a su familia y amigos.
Este acertijo nos tiene en vilo gran parte de la película. ¿Recuerdas la solución?
Guido hace lo posible para que su hijo no se entristezca en semejante situación, y hasta sonría, pero siempre llega la inevitable melancolía por volver a casa.
Así de atrevido traduce Guido a su hijo las órdenes del oficial alemán.
Y... sí. en la misma frase va el "¡Buenos días princesa!" que Guido repite en numerosas ocasiones a su amada, hasta jugándose el pellejo. Uno de los leitmotivs más recordados del cine.
Aunque parezca dicho por Gandhi es un amigo de Guido el que la pronuncia tras ser atacado en su casa.
El pobre Josué no se explica por qué en la tienda de su padre han pintado "Prohibida la entrada a perros y judíos". Así se lo explica su padre.
A Guido le sonríe la suerte y la imaginación. Lo demuestra en esta escena en la que María le lanza una llave del 'cielo'.
En 1939 había que tener cuidado con lo que se preguntaba. Por suerte Guido sale airoso de esta cómica situación.
Probablemente el desenlace más emotivo de la historia del cine. Todos hemos tenido la sensación de haber ganado algo al terminar de ver la película.
No sucede en la película sino en la vida real. Roberto Benigni ganó algo más que un tanque y se llevó a casa la estatuilla a Mejor actor y a Mejor película de habla no inglesa en 1998. Un momento entrañable en la historia de los Oscar.
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