6 de marzo de 2017

Las mejores frases de ‘La princesa prometida’

Por Claudia Lorenzo

William Goldman es una de esas leyendas de Hollywood que se encuentran detrás de algunos de los mejores libretos de la historia del cine. Entre todos, su favorito es la adaptación de su propia novela, 'La princesa prometida', en donde un abuelo le cuenta a su nieto un relato de aventuras, piratas, reyes, amigos y, sobre todo, amor verdadero. Aunque muchas de sus imágenes han pasado a la historia de los filmes de culto, no podemos olvidar esos diálogos, esas frases, que nos han hecho reír y soñar y que nos recuerdan, ante todo, ese maravilloso guion de Goldman.
La frase de la película por excelencia. Mandy Patinkin ensayaba a lo largo de todo el metraje esta amenaza en previsión del encontronazo con el asesino de su padre. Ha quedado para la posteridad, sobre todo en nuestro país, en el que hacía mucha gracia que el vengador fuese español de España.
Esa frase que Westley le repite a Buttercup tantas y tantas veces durante su romance es la frase que hace que ella le reconozca bajo el disfraz de Pirata Roberts. Nunca el amor fue tan desinteresado como cuando Westley, en vez de decir ‘te quiero’ a cada orden de Buttercup, le decía ‘como gustéis’.
Casi te puedes imaginar al niño de ‘Aquellos maravillosos años’, en la cama enfermo, acompañado por Colombo, el abuelo, haciendo un gesto de “Ugh, besos, qué asco”. Él lo que quería era una novela de deportes. Y, sin embargo, se tiene que conformar con la historia de “una princesa, un pirata, un gigante, villanos, y amor verdadero”. Y bien que lo pasa.
Eso le dice el pobre Vizzini al Pirata Roberts cuando intentan jugarse a Buttercup. Y digo “pobre” porque, aunque malo como la tiña, él no sabe que segundos después de soltar la frase y, como dicen en mi pueblo, ir de “sobrao”, se va a caer redondo, muerto, asesinado por su propio veneno.
Iñigo Montoya, caballero ante todo, le dice esto a Westley en plena lucha (a lo que él responde: ‘Vos también parecéis un hombre decente, lamentaré morir”), distinguiendo en él un código de conducta correcto, propio y educado. Ellos aún no lo saben, pero su respeto mutuo será una buena fundación de su posterior amistad.
-¿Quién te ha dicho que la vida tenga que ser justa muchacho?

" Es lo que tiene la historia de 'La princesa prometida', que aunque seas un niño que no quiere escuchar cuentos de besitos mientras está enfermo en su cama, al final el amor triunfa y te encuentras en medio del relato apoyando a los trágicos amantes. Y si algo se tuerce, malo, malo.
El asunto es como sigue: Íñigo y Fezzik van volando a ver al milagroso Max, cargando con un muertísimo Westley, a ver si éste le puede devolver a la vida. El Milagroso Max le pide una razón de peso al muerto, y él responde “amor verdadero”. Max dice: “El amor verdadero es lo más grande del mundo. A excepción de los bocadillos de cordero lechuga y tomate, cuando el tomate está maduro y el cordero está en su punto. Peeeeeero… no ha dicho ‘amor verdadero’, sino ‘farolero’”. Y en plena indignación llega la señora del Milagroso Max a ponerle las pilas, aunque él la llame bruja: “No soy una bruja soy tu mujer, pero después de lo que has dicho no estoy segura de querer seguir siéndolo más. Amor verdadero... ha dicho ¡amor verdadero!”
Así de místico se pone a veces Westley, el hombre que ha visto mundo a bordo de un barco pirata y que, sin embargo, lo único que quiere es regresar a casa con el amor de su vida. Ríete tú del drama de Romeo y su adorada Julieta. Aficionados.
Buttercup, como persona inteligente y lógica que es, se ve de camino del Pantano de Fuego con un locuelo enamorado de la mano y le dice: “No sobreviviremos”. Y Westley, que está en pleno proceso hormonal del reencuentro del ser amado viene a responderle: “Qué cosas tienes”. Al fnal, el hormonado tiene razón. Al Pantano sobreviven, a pesar de lo que cuesta.
Es un momento de esos en los que el mundo ficticio de Florin se mezcla con el mundo real, básicamente para insultar a los filósofos más famosos de todos los tiempos. Vizzini debería haber sido capaz de ejercer algo más de humildad, pero es lo que tienen los creídos, que cuanto más alto están, más fuerte caen.
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