16 de marzo de 2017

Padres desastres vs padres entrañables

Por Claudia Lorenzo

El cine nos ha dado grandes momentos de reflexión, aventuras, risas y llantos. Y no hay nada que cause tantos dramas de estos cuatro tipos anteriores como las historias familiares, a lo largo de los tiempos, en cualquier lugar del mundo. En ellas, la figura del padre siempre está presente, como protector, como dictador, como bonachón señor que no sabe qué hacer con sus hijos, como confuso adulto que ve cómo su descendencia crece y él envejece, como profesor, como amigo…

Los padres son una fuente inagotable de relatos cinematográficos, tanto en su vertiente más trágica como en la cómica. Aquí os dejamos ejemplos de padres a los que nadie debería tomar como referencia educativa y otros que, pese a circunstancias desfavorables, se han hecho un hueco en nuestro corazón.
  • MALOS PADRES
Qué se puede decir que no se haya dicho ya del padre desastre por excelencia, la gran tragedia cinematográfica de nuestro tiempo, el culpable de asesinar al verdadero progenitor de un (par de) huérfano (s), el Señor del Lado Oscuro (de todo él) y el hombre que menos sabe crear ambientes para dar noticias importantes a su familia de la historia. Anakin Skywalker le había prometido a Natalie Portman una familia feliz, pero la armonía se derramó por las esquinas de su venganza y alcanzó a su par de chiquillos, dejándoles en adopción a diferentes familias en diferentes planetas y haciendo que los reencuentros fuesen puras telenovelas. La galaxia está repleta de familias desestructuradas.
Se puede estar frustrado con uno mismo, con la esposa, con la hija, con los vecinos, con el estado físico y con lo que sea, se puede pasar por todo eso y ser un buen padre, si uno se pone a ello. Pero es imposible ejercer como tal si el único pensamiento feliz que le viene a uno a la cabeza es cómo llevarse a la cama a la amiga de su hija adolescente. Que ésta última acabe traumatizada y desnudándose para el vecino es el menor de los problemas de Lester Burnham.
Una de las grandes lecciones que los padres ofrecen a los hijos es que éstos no deben decir mentiras, un recurso muy utilizado por pequeños y no tanto para evitar broncas, castigos, vergüenzas o, simplemente, para intentar compensar errores. No se debe engañar a la gente, sobre todo porque es deshonesto pero también porque hace daño. Claro que si el padre suelta más trolas que el chiquillo, como el Jim Carrey de 'Mentiroso compulsivo', es difícil ejercer una labor educativa ejemplar. Por eso no es extraño que fuerzas más poderosas se alíen con el hijo para obligar al adulto a comportarse como tal y a no recurrir a la excusa fácil y enfrentarse, honestamente, a sus problemas.
Roald Dahl sabía perfectamente cómo crear un personaje complejo y a la vez simple que produjese temor, pena y repulsión. El padre de Matilda, un ignorante, egoísta y egocéntrico mafiosillo de medio pelo, podía haber sido un señor amable y cariñoso para sus dos hijos aunque sus labores profesionales fuesen de una legalidad dudosa y limitada, pero canalizando al mejor Vernon Dursley de Harry Potter (que mucho bebe de él), Harry Wormwood se convierte en un tirano que le prohíbe a su hija ser lista y, para horror de todos los niños devoradores de novelas de Dahl, ¡leer! Menos mal que ella sabe cómo devolvérselas.
Que los científicos loquitos que se dejan las gafas en diferentes puntos de la casa, se comen los cereales con leche y sal y se visten para salir a la calle como si fueran a meterse en la cama son tipos, en el fondo, entrañables, no lo ponemos en duda en ningún momento. Aun así, dedicarse a la investigación y tomarla con la propia descendencia, que pasa de ser carne de bronca antes de ir al cole a carne para alimentar a los insectos más depredadores del jardín, esas actividades pasan de castaño oscuro. Igual los científicos loquitos deberían recibir de vez en cuando una visita de servicios sociales.
Al lado de este señor, el padre de Luke Skywalker era un torturador aficionado. El Noah Cross de John Huston le pone a una los pelos de punta y el horror más absoluto que emana de su persona se dibuja no en una escena con su presencia, sino en una breve confesión del personaje de Faye Dunaway, que muestra el horror al que se enfrenta ella, como su hija, diariamente. Hay padres desastres y luego hay muy malos bichos. Noah Cross es el capitán de éstos últimos.
  • ENTRAÑABLES
Atticus Finch con la cara de Gregory Peck es el padre modelo que todos los aficionados al cine tenemos en mente, igual que el buen y amable señor al que todos los hombres con descendencia quieren parecerse. Es bueno, es sabio, es tolerante, juega con sus hijos y defiende las injusticias del mundo sin pestañear. Además es humilde, honesto y justo. Decía Harper Lee que cuando conoció a Peck se dio cuenta de que la personalidad buena de Atticus encajaba en el actor como un guante, que estaba interpretando a alguien tan amable como él. Así debió ser, porque lo maravilloso que era este abogado con sus hijos traspasaba la pantalla y se ha convertido en un referente.
Antes de ser el despiadado profesor de música de ‘Whiplash’, J. K. Simmons fue el padre de Juno, la adolescente embarazada con incontinencia verbal, el que la acompañaba a ver a los potenciales padres adoptivos de la criatura de su vientre y quien le decía que el amor verdadero era posible siempre que uno encontrase a alguien que le quisiese tal y como es y que, literalmente, creyese que el sol salía del trasero de la persona amada. Como, añadía él, su propio padre, que la querría sin titubeos y sin importar en cuántos líos se metiese.
El padre de esta chiquilla que se hacía mayor, se casaba y se iba del hogar familiar (debía ser la única persona en Estados Unidos que no lo había hecho ya a los 18 años) era un nostálgico, un sentimental que veía cómo su loca bajita se había convertido en una mujer hecha y derecha y estaba en proceso de mudarse a una etapa diferente de la vida. Y si bien tal mudanza le provocaba una tristeza imposible de aguantar en el pecho, también le llenaba de orgullo. Y, vamos a ver, un padre que le regala a su hija deportivas blancas con volantitos para su boda no puede ser más que un hombre entrañable.
Está claro que hay padres entrañables pero también está claro que hay padres que, en ocasiones, parecen tontos. O esa sensación provoca la visión del amor incondicional que Ben siente por el diablillo que es Junior, un niño privado de cariño desde pequeño y que, ajeno a lo que eso significa, decide que el mejor modelo de padre que uno puede tener es un psicópata con pajarita. Ben, a fuerza de terquedad y voluntad, irá poco a poco minando las defensas de Junior y haciéndose querer, pero no sin antes vivir una ristra de travesuras que más bien parecen obra de un terrorista que de un niño. Es lo que tiene el amor paterno, que para bien o para mal, no entiende de reglas.
Lo de las hijas y las bodas parece que es un disgusto universal. Viene un hijo a casa, le dice a su padre que se casa, y todo es jolgorio. Viene una hija, y todo es drama. Sobre todo si tu hija va dos pasos por delante de la (rancia) sociedad de la época y tú, que te crees tan moderno, al final te das cuenta de que vas al mismo paso que la sociedad, es decir, que el hecho de que tu hija blanca se case con un chaval negro te pone algo nervioso. Pero como dice Spencer Tracy al final de este revolucionario filme, mirando a Katharine Hepburn con unos ojos llenos de amor y reflexión, ‘con que se quieran la mitad de lo que nos queremos nosotros, será suficiente’. Tracy moriría 17 días después de acabar el rodaje y declararse así a la Hepburn, lo que le parte a una el corazón.
Qué padre más simpático el que te dice que en la familia corre sangre mágica, y que si te metes en un armario puedes viajar en el tiempo. Hay herencias que no son más que marrones y herencias por las que merece la pena pagar todos los impuestos de sucesiones del mundo, y el Billy Nighy de la última película de Richard Curtis le deja a su hijo la mejor de todas: la verdadera sensación de haber disfrutado de un padre en todos los sentidos, de haber aprendido, de haber sido hijo. La vendían como una comedia romántica pero era, sobre todo, una historia familiar.
Mufasa se muere. Así se nos rompió a todos la infancia, con la imagen de un imponente león siendo aplastado por una estampida tras salvar a su hijo y caer al vacío por culpa del malo, malísimo Scar. Los grandes padres no sólo se sacrifican por sus hijos, sino que les enseñan a ver el mundo de otra forma. Mufasa fue el padre cinematográfico que nos descubrió el poder que tiene ser tú mismo, y que esa persona sea justa, noble y honesta para ejercer como líder, pero no como tirano.
Nos gusta ‘La vida es bella’ porque es tierna, porque en medio del horror más inimaginable que haya parido el siglo XX, a un buen señor se le ocurre un plan para hacer que su hijo pequeño siga viviendo como si estuviese en un cuento, en una aventura, en vez de en una historia de puro terror. Y si todo parece más fácil de lo que fue es porque seguimos la historia con los ojos del pequeño que no veía cómo su padre transformaba la realidad, sino cómo le presentaba una nueva. Que Guido fuese un hombre inmensamente divertido tampoco hacía ningún daño.