8 de mayo de 2017

Rocky IV: Ganar a lo imposible

A un tipo como Rocky Balboa, curtido a base de golpes dentro y fuera del cuadrilátero, no le tiembla el guante a la hora de embarcarse en un viaje a la Madre Rusia. El objetivo, además de evitar un catarro, es medirse al boxeador Iván Drago, una especie de superhombre diseñado para aniquilar a cualquier rival que se le ponga por delante. En otras palabras: ganar a lo imposible. Porque Drago es un producto de laboratorio despojado de sentimientos o remordimientos, es la jugada definitiva de la madre Rusia para asestar el golpe maestro al sueño americano. Es, a fin de cuentas, una mole sin fisuras, tan sólida y compacta como letal. Pero a estas alturas ya conocemos de sobra a Balboa, superviviente nato del ring y un maestro combinando sus habilidades pugilísticas con los valores más humanos, así que dejémonos instruir en el arte de la vida con Rocky IV y sus 5 lecciones vitales.
En el épico duelo Balboa vs. Drago hay un factor determinante que salta a la vista: la diferencia de edad entre ambos competidores. Mientras que Rocky Balboa se acerca a la cincuentena, su rival ruso navega por la treintena y a priori parece físicamente mucho más preparado para llevarse el combate. Con lo que nadie parece contar por tierras soviéticas es que además de tener los músculos tonificados hace falta tener la mente entrenada, y eso es algo que sólo otorga la experiencia. El triunfo de la mente sobre el cuerpo, ¡casi nada!
En una conversación con su hijo, Rocky confiesa que a menudo tiene miedo. ¿Cómo, que el boxeador más intrépido también tiene dudas y miedo como el resto de los mortales? Pues sí, los tiene, y lejos de avergonzarse de ello trata de darle la vuelta para convertirlo en un punto a su favor. Balboa nos enseña que el miedo, lejos de debilitarnos, puede hacernos más fuertes. Nunca te fíes de alguien que no tema a nada...
Llámalo Rocky vs. Drago, América vs. Rusia o Capitalismo vs. Comunismo. Está claro que el combate es mucho más que un enfrentamiento entre dos púgiles: representa un choque social y cultural en el que cada bando saca pecho en defensa de sus virtudes e ideales. Sin embargo, Rocky IV se encarga de recordarnos que lo que nos hace iguales es mayor a lo que nos diferencia, y que dos boxeadores en un cuadrilátero son deportistas, no soldados. Un mensaje pacifista cubierto en chorros de sangre. No está mal, no está nada mal.
Al principio de la película es Apollo Creed quien se enfrenta a Iván Drago y digamos que el exceso de confianza le juega una mala pasada. Del mismo modo que decíamos que la experiencia es un grado, cabe también aclarar que no lo es todo. Creed lleva tanto tiempo boxeando que prácticamente puede decirse que los guantes son una extensión natural de sus brazos, pero de ahí a dar por ganada antes de tiempo una batalla contra un tanque ruso de dos metros hay un buen trecho. Pobre Apollo, no lo vio venir.
¿Os imagináis que al acabar la pelea Rocky cogiera el micrófono para decir "bueno, pues ya está, todo bien"? ¡Qué poco calado, qué cosa más floja, qué poco... Rocky! Afortunadamente, este señor siempre tiene un discurso preparado, y como le encanta encaramarse al micrófono después de cada combate más que a una Miss Universo una corona, nos regala joyas como ésta: "Aquí había dos hombres matándose el uno al otro, pero dos son mejor que veinte millones". Perfecta síntesis de la película, una invitación a la paz y armonía en el mundo, y una lección más del boxeador favorito del cine. ¿Le damos ya el Nobel o nos esperamos un poco?
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